Veritas inició su andadura en el año 2002 con el objetivo de acercar la mejor alimentación a todo el mundo. Por ello, durante los últimos 9 años nos hemos esforzado muchísimo en seleccionar los mejores productos, reducir los diferenciales de precio y dar a conocer los beneficios de comer alimentos ecológicos. Para lograr todo ello hemos logrado magníficos acuerdos con productores locales, con los que no sólo planificamos las campañas, sino que decidimos con ellos las variedades autóctonas que queremos recuperar y las plantamos conjuntamente. Hay tanto que contar que los resultados de estas acciones os los iremos desgranando a medida que vayan produciéndose.

Pero hoy quiero hablaros del pescado. Desde hace tiempo nuestros clientes nos pedían pescado fresco, dado que era el único alimento que no podían comprar en Veritas. Pero, ¿qué es el pescado ecológico? Si en la ganadería ecológica el principio fundamental es la cría extensiva al aire libre, además de su alimentación y la no medicación, nos parecía una ligera contradicción que el pescado certificado ecológico fuera aquél producido en granjas de acuicultura controlada. Por este motivo, y porque salvo alguna formidable excepción casi no hay acuicultura ecológica, no tuvimos pescado en nuestras tiendas.
Sin embargo, desde mediados de 2010 vendemos pescado fresco en dos de nuestras tiendas, en la calle Mandri de Barcelona y en la tienda de Sant Cugat. ¿Por qué? Porque por fin podemos dar a los consumidores una alternativa buena para el pescado. Voy a tratar de informar de algunas prácticas habituales en la venta de pescado fresco.

El pescado fresco procedente de la costa local no suele llevar conservantes para alargar su vida y, si éste es de la costa catalana, los barcos suelen llevar a puerto la pesca del día, sin hacer noche en el mar, por lo que no añaden nada al pescado. Ahora bien, cuando un pescado, por ejemplo la sardina, viene de lugares más lejanos, como la costa atlántica africana, y nos llega como fresco, suele llevar aditivos como por ejemplo el sorbato potásico (E-202), una sal que, siendo inocua, alarga la vida del pescado más allá de su conservación natural, en ocasiones más de una semana, cuando el producto como máximo aguanta 3-4 días en hielo. El marisco, como las cigalas escocesas, suele llevar bisulfito de sodio (E-222), con el mismo objetivo. En dosis acumuladas elevadas (que no deberían producirse, aunque el producto a veces se echa a ojo y depende de la masa corporal del que lo ingiere) puede tener efectos perjudiciales en la salud, además de inhibir la asimilación de la vitamina B1. Otra de las posibles consecuencias de estos aditivos es la aparición de alergias alimentarias a los productos que los llevan, tan frecuentes hoy.
Es bueno que el consumidor sepa que el pescado fresco puede llevar aditivos, y por ello las grandes diferencias de calidad en el género. Mi recomendación es preguntar siempre en la pescadería de confianza por el origen y por los conservantes, aunque el precio y el sabor suelen dar muchas pistas, aunque no todas, sobre la calidad del pescado. Si hay dudas, es preferible comprar pescado congelado de Nueva Zelanda, donde las aguas son más limpias y la congelación se ha realizado en el mismo barco.
Por todo esto, en Veritas sólo vendemos pescado fresco procedente la costa catalana; pescado del día y sin conservantes de ninguna clase, siempre a través de nuestro proveedor de confianza en los distintos puertos, donde además de garantizar la ausencia de aditivos, minimizamos la huella de CO2 de su transporte.
Por otra parte, es nuestra política respetar las vedas de temporada para cada puerto, y solamente pescamos en las zonas autorizadas. Por desgracia, la sobreexplotación y la contaminación han mermado de forma drástica las poblaciones de pescado local, por lo que Veritas se adhiere a las distintas propuestas de creación de reservas marinas protegidas, como la de las Illes Medes, donde se ven medrar formidables meros y pintorescos cabrachos, y ser más exigentes en la observación de las vedas, que aunque pueda parecer que perjudica al sector pesquero en el corto plazo, es la garantía de su supervivencia en el medio plazo.
Todos conocemos los efectos negativos que tienen sobre nuestra salud los contaminantes químicos de los alimentos convencionales, pero recientes estudios científicos han demostrado que, además, engordan. Te explicamos el porqué y te damos las claves para evitarlo.
Hace unos meses la Casa Blanca anunció que estaba enfrentándose a una nueva amenaza para la salud y seguridad de América. No se trataba de ningún país rebelde ni de una organización terrorista, ni tampoco de una nueva enfermedad ni amenaza medioambiental. Se estaba refiriendo a una serie de productos químicos que están provocando de manera directa que la mayoría de los americanos tengan sobrepeso. Su nombre técnico es “químicos disruptores endocrinos” y hay muchas posibilidades de que ahora mismo los estemos comiendo o bebiendo. Los científicos han acuñado un nuevo término para ellos y los han llamado “obesógenos”, ya que son capaces de promover el aumento de peso y la obesidad.
De hecho, en el informe “Resolviendo el problema de la obesidad infantil en una generación”, elaborado por el Grupo de Trabajo de la Casa Blanca contra la Obesidad Infantil, se señala a los obesógenos como una de las razones del incremento de la obesidad.
EL TERCER FACTOR
Ganar peso no depende de las calorías que entran contra las calorías que se queman; y la culpa no es sólo demasiada comida rápida y poco ejercicio. Hay que considerar un tercer factor: los obesógenos. Son componentes naturales y sintéticos que funcionan imitando al estrógeno, la misma hormona que los médicos no quieren que las mujeres sigan tomando, debido a que ensayos clínicos la han vinculado a un aumento de riesgo de enfermedades coronarias, cáncer de mama, trombosis…
EL DECLIVE DE LAS DIETAS TRADICIONALES
Dado que las clases de biología del colegio quedan un poco lejos haremos un rápido recordatorio: el sistema endocrino está compuesto por las glándulas y células que producen las hormonas que regulan nuestro cuerpo. Crecimiento y desarrollo, función sexual, procesos reproductivos, estado de ánimo, sueño, hambre, stress, metabolismo y la forma en la que nuestro cuerpo utiliza la comida son actividades que están controladas por las hormonas. Así, nuestro cuerpo está determinado en gran manera por el sistema endocrino, pero el sistema endocrino es un engranaje que puede desestabilizarse con suma facilidad.
“Se cree que los obesógenos actúan ‘secuestrando’ los sistemas reguladores que controlan el peso corporal”, afirma Frederick vom Saal, Doctor en Medicina y Catedrático de biología en la Universidad de Missouri. Por ese motivo provocan que engordemos. De ahí que las dietas tradicionales no funcionen, ya que incluso siguiendo una estricta dieta de adelgazamiento no se disminuye la exposición a los obesógenos. Por ejemplo, las manzanas dejan de ser saludables si vienen cargadas de químicos promotores de la obesidad (9 de los 10 pesticidas más usados son obesógenos, y las manzanas son uno de los cultivos más rociados de pesticidas en la agricultura convencional).
LAS 4 CLAVES DE LA “NUEVA DIETA AMERICANA”
La presencia de los obesógenos puede ser la razón por la que las dietas tradicionales (pollo mejor que cordero, más pescado, mucha fruta y verdura) están dejando de funcionar. Es por ello que ha comenzado a promoverse la llamada Nueva Dieta Americana.
Al comenzar las investigaciones sobre los obesógenos se ha descubierto una buena noticia: no hay ninguna razón por la que nuestra comida favorita (hamburguesa, pasta o helado) no pueda formar parte de un programa de adelgazamiento razonable. Basta con abandonar la antigua forma de pensar y adoptar 4 leyes de la esbeltez para conseguir revertir el efecto de los obesógenos.
1. Pasarse a la comida ecológica
El americano medio está expuesto a entre 10 y 13 pesticidas a través de su comida y bebida todos los días, y 9 de los 10 pesticidas más comunes son obesógenos. De acuerdo con un estudio reciente publicado en la revista Environmental Health Perspectives, ceñirse a una dieta de productos ecológicos durante sólo 5 días puede reducir la presencia de pesticidas obesógenos hasta niveles no detectables.
En realidad no se trata de hacer un cambio radical, aunque sería lo deseable, pero sí empezar cuanto antes y con unos básicos. El Environmental Working Group (EWG) ha calculado que se puede reducir la exposición a los pesticidas en cerca de un 80% simplemente escogiendo la opción ecológica para 12 frutas y verduras que según sus pruebas contenían los niveles de pesticidas más altos. Se conocen como “Los 12 del patíbulo” y, empezando por el peor, son: el apio, los melocotones, las fresas, las manzanas, los arándanos, las nectarinas, los pimientos, las espinacas, las acelgas, las cerezas, las patatas y la uva. Y también se ha publicado una lista de los productos convencionales que según el EWG tenían pocos residuos: cebolla, aguacates, maíz dulce, piña, mango, guisantes, espárrago, kiwis, col, berenjena, melón cantaloup, melón piel de sapo, sandía y pomelo.
2. No “comer” plástico
El 93% de los americanos presentan niveles detectables de bisfenol-A (BPA) en su organismo y el 75% unos niveles detectables de ftalatos. Ambos son químicos sintéticos encontrados en plásticos, que imitan el estrógeno (esencialmente son hormonas femeninas artificiales). Como los pesticidas, estos químicos basados en el plástico provocan que nuestro cuerpo acumule grasa y no músculo. Disminuir la exposición a obesógenos de base plástico maximizará las posibilidades tanto de perder grasa como de ganar masa muscular fibrada. Las normas básicas son:
. No calentar la comida en contenedores de plástico o poner objetos de plástico en el lavavajillas, porque puede dañarlos y aumentar el desprendimiento de BPA. Según un estudio publicado en el Toxicology Letters, el BPA se desprende de botellas deportivas de policarbonato 55 veces más rápido si se llena de líquido caliente que si se llena de líquido frío.
. Evitar comprar comidas grasas como carnes que vengan envueltas en plástico porque los obesógenos se almacenan en el tejido graso. El plástico que se acostumbra a utilizar en los supermercados normalmente es PVC, mientras que el plástico que vende para envolver alimentos en casa se fabrica cada vez más con polietileno.
. Reducir los alimentos enlatados, por ejemplo escogiendo atún en tarro de vidrio y no en lata. La inmensa mayoría de las latas contienen BPA en su capa interior.
3. Elegir carnes magras y pescados pequeños
Hay que buscar siempre carne de animales criados con pasto frente a los engordados con pienso y hormonas. Los estudios demuestran que tienen menos grasa y por el contrario contienen un 60% más de omega 3, un 200% más de vitamina E y entre el doble y el triple de ácido linoleico conjugado (un nutriente casi mágico que protege de afecciones coronarias, cáncer y diabetes, y que puede ayudar a perder peso según un estudio publicado por el American Journal of Clinical Nutrition). Si no tenemos más remedio que comprar carne convencional, escogeremos las piezas menos grasas. Las hamburguesas de proteína vegetal son también grandes sustitutas si no encontramos carne de ternera ecológica.
. En cuanto al pescado, siempre hay que elegir pescado sostenible con poca carga tóxica. Un estudio en el diario Occupational and Environmental Medicine encontró que aunque el pesticida DDT se prohibió en 1973, este químico y su derivado DDE todavía se puede encontrar en pescados grasos. Los peces grandes se comen a los pequeños, y por tanto contienen una mayor carga tóxica. Hay que evitar el atún de ojo grande, el pez espada, la caballa real, el tiburón… y buscar pescados pequeños como anchoa, sardina, caballa, atún y bacalao. El pescado puede cocinarse de cualquier manera, menos frito, para poder drenar los contaminantes de sus partes grasas.
4. Filtrar el agua
La mejor manera de eliminar los obesógenos del agua del grifo es un filtro de carbón activado. Se puede encontrar pequeño para añadir al grifo o en unidades grandes para conectar a la toma de agua. Estos filtros eliminan la gran mayoría de pesticidas y contaminantes industriales.
CÓMO PROTEGER A LOS NIÑOS
En nuestras manos está evitar que los pequeños se vean expuestos a estos contaminantes que tanto daño pueden causar a su salud. Hay que que empezar a cuidarlos ya desde antes de nacer, por lo que toda embarazada debería seguir las pautas de la “Nueva Dieta Americana” durante la gestación, por supuesto siempre supervisada por su ginecólogo.
Durante la infancia hay que inculcar al niño unas pautas nutricionales y de estilo de vida que conservará toda su vida. Evitar dulces y bollería industrial, acostumbrarle rápidamente a la fruta, la verdura y los cereales, incluir en la dieta proteínas vegetales… y, por supuesto, promover un estilo de vida en el que el ejercicio tenga un papel protagonista.